
CÓMO LAS REDES CONDICIONAN NUESTRA OPINIÓN
Hay algo realmente preocupante en la forma en que muchas personas se relacionan con la información. Cada vez con más frecuencia no tenemos ni el tiempo, ni la atención ni el deseo de leer para comprender: simplemente ojeamos un titular y reaccionamos al instante.
Rechazo, indignación, miedo, rabia, euforia, desprecio… Apenas unos segundos bastan para que una frase active una emoción y, casi inmediatamente, una reacción en forma de opinión.
Hace unos días me encontré con un ejemplo especialmente llamativo. Un titular atribuía al premio Nobel de Física David Gross una afirmación del todo inquietante: «Las probabilidades de que la humanidad viva 50 años más son muy bajas».
Es difícil permanecer indiferente ante algo así. Más si el mensajero es todo un premio Nobel.
La frase es lo suficientemente impresionante como para provocar inmediatamente una reacción. Según la sensibilidad y predisposición del lector, puede despertar miedo, incredulidad, rechazo o incluso la sensación de que estamos al borde de una catástrofe. Pero cuando uno se detiene a investigar qué hay realmente detrás de esas palabras, descubre que el razonamiento de David Gross es bastante más complejo que el impactante titular.
En el contexto de esa afirmación, Gross no estaba presentando una predicción científica según la cual la humanidad vaya a desaparecer dentro de cincuenta años. Planteaba una mera estimación personal sobre los riesgos acumulados que afrontamos, especialmente relacionados con el peligro de una guerra nuclear.
El matiz cambia considerablemente el enfoque dado a esta información. Ahí aparece una cuestión que va mucho más allá de este caso concreto.
¿Cuántas veces reaccionamos ante una noticia sin ni siquiera ahondar en ella ni verificar su autenticidad?
Las redes sociales favorecen precisamente ese mecanismo de consumir noticias como quien come palomitas de maíz. Por eso el titular debe conseguir detenernos mientras desplazamos el dedo por la pantalla. Tiene unos segundos para sorprendernos, alarmarnos, indignarnos o avivar nuestra curiosidad.
El problema no es únicamente que los titulares hoy en día exageren, sino que además suelen predisponernos emocionalmente antes incluso de que conozcamos los hechos. Esto sucede como en este ejemplo, y especialmente en el terreno de la polarización política, donde —por uno y otro lado— se aborda con demasiada pobreza la compleja realidad sociopolítica de toda una nación.
Por eso, como bien saben en la propaganda comercial y política, el titular de una noticia tiene un poder curioso: primero reaccionamos al leerlo y después buscamos argumentos que justifiquen nuestra reacción. No buscamos entonces profundizar para acercarnos a la verdad, sino interpretar los hechos de manera que confirmen nuestra reacción inicial, muchas veces nacida de mecanismos que ni siquiera advertimos.
La emoción llega antes que el pensamiento.
Este mecanismo resulta especialmente visible en el terreno de la propaganda sociopolítica.
Una misma realidad puede presentarse de maneras completamente diferentes dependiendo de las palabras, las fotografías o los fragmentos y enfoques escogidos. Si ese modo de presentarnos el titular de esa información coincide con nuestras ideas previas -entre ellas, nuestros prejuicios- es mucho más probable que la aceptemos sin cuestionarla; de hecho, y ahí lo grave, sin informarnos siquiera.
No hace falta necesariamente mentir.
Puede bastar con seleccionar qué parte de la realidad mostramos y qué emoción queremos provocar con ella. Se trata de mostrar la verdad no desnuda, sino sutilmente enfocada y cubierta para condicionar la reacción del receptor. ¿No es esto también mentir? En estos tiempos, incluso la evidencia de los hechos parece perder peso frente a las interpretaciones interesadas que hacemos de ellos.
Por eso la manipulación informativa no consiste solamente en difundir noticias falsas. También puede producirse mediante el encuadre, la selección o la exageración. Y cuanto más polarizado está el ambiente, más sencillo resulta.
Conocemos las palabras que provocarán indignación en unos y entusiasmo en otros. Sabemos qué nombre o fotografía favorecerá determinada reacción. Sabemos incluso qué tipo de titular hará que miles de personas entren inmediatamente en una conversación predispuestas a posicionarse dentro de esa visión cada vez más polarizada de la política, de la verdad e incluso del propio ser humano.
El resultado puede ser una sociedad en la que todos opinamos muchísimo de todo lo que se nos antoje, pero cada vez dedicamos menos tiempo a comprender aquello sobre lo que opinamos. Y cada vez nos cuesta más sostener la atención sin mostrar ese nerviosismo propio de quien necesita continuamente un nuevo estímulo.
Reaccionar no es pensar
Quizá convendría aprender de las generaciones que padecieron una guerra en carne viva y recuperar una pequeña costumbre.
Al leer algo que nos confronte, detenernos unos segundos y preguntarnos:
¿Qué hay detrás de este titular?
¿Estoy reaccionando compulsivamente, no ante la información en sí, sino ante la manera en que me la están presentando?
No se trata de desconfiar de todo ni de convertir cada noticia en una investigación con lupa. Se trata simplemente de algo tan valioso como nuestra atención: de cuidar y enriquecer nuestro propio criterio.
Cuando alguien consigue decidir de antemano qué debemos sentir ante una información, ya ha condicionado una parte importante de nuestra manera de interpretarla. Y por supuesto de nuestra reacción, que creeremos libre aunque haya sido previamente condicionada.
Probablemente ahí se encuentre una de las grandes diferencias entre estar informado y simplemente estar expuesto continuamente a información.
Hace poco Antonio Banderas animaba a los jóvenes a leer porque, decía, leer un libro tiene premio.
Creo que esa frase encierra algo especialmente valioso en nuestro tiempo.
Leer un libro obliga a detenerse. A seguir un razonamiento. A ampliar nuestro vocabulario y comprender mejor el mundo que nos describe. A permanecer durante un tiempo junto a una idea. A imaginar personajes, lugares, vivencias. Incluso a convivir con pensamientos que pueden contradecir los nuestros. Es la manera más maravillosa de viajar desde dentro hacia otras vidas, otros lugares, otros criterios.
Frente a la velocidad de las redes, donde tantas veces reaccionamos antes de comprender, la lectura nos devuelve tiempo para pensar, comprender, imaginar y ampliar nuestros horizontes y nuestra mirada.
Y quizá uno de sus mayores premios sea precisamente ese: ayudarnos a construir un criterio verdaderamente propio.
Si conseguimos que una masa crítica de personas conserve la pasión por leer, aprender, cuestionar y comprender, quizá sigamos avanzando en ese largo camino iniciado hace siglos hacia una sociedad más consciente y más digna.
Una humanidad capaz de erradicar el hambre, de aprender con humildad de la naturaleza y de sus leyes, de convivir mejor con sus diferencias y de enfrentarse a sus grandes desafíos sin recurrir continuamente al miedo, al enfrentamiento o a la presentación sesgada de la realidad.
Porque tal vez nuestro futuro no dependa únicamente de cuánto sepamos, sino de qué hacemos con aquello que sabemos y de nuestra capacidad para seguir aprendiendo.
Quizá entonces la humanidad sí tenga mucho más de cincuenta años por delante.
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