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El VIAJE DE RIDDHI

Cuando engañar empezó a parecer una virtud

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Artículo inspirado en «The Ethics of Deception» (La ética del engaño), tesis doctoral de Diego Rubio presentada en la Universidad de Oxford en 2016.

Todos queremos que nos digan la verdad. Sin embargo, pocos estaríamos dispuestos a vivir en un mundo donde cada pensamiento se pronunciara en voz alta, cada sentimiento quedara expuesto y nadie pudiera reservarse nada. ¿Se lo imaginan?

La convivencia necesita sinceridad, pero también discreción, tacto y en algunos temas silencio. No contamos todo lo que sabemos ni expresamos siempre lo que sentimos. A veces callamos para protegernos o para no herir. En otras ocasiones somos honestos pero elegimos cuidadosamente las palabras porque una verdad dicha sin consideración, puede convertirse en una forma de crueldad.

Esto nos hace ver que, aunque no sea muy agradable de reconocer, la relación entre la verdad y la mentira es más compleja y sutil de lo que nos parece.

Al leer la tesis La ética del engaño, del historiador Diego Rubio, me ha interesado especialmente una pregunta: ¿Cómo llegó una cultura que condenaba a la mentira como un pecado, a considerar ciertas formas de engaño necesarias, prudentes e incluso virtuosas?

Su investigación recorre la Europa medieval y moderna, con especial atención a España y Portugal. Pero el problema que plantea nos sigue resultando igual de  cercano. Sigue presente cuando alguien se escuda en una frase técnicamente cierta para provocar una impresión falsa, cuando una institución oculta información o cuando un gobernante asegura que no puede contar lo que hace «por nuestro bien».

No mentir y decir la verdad no siempre son lo mismo

Imaginemos que alguien nos pregunta si hemos hablado con una persona. Respondemos: «Hoy no he hablado con ella». La frase es cierta, aunque hablamos ayer. Si sabemos que nuestro interlocutor entenderá que no hemos mantenido ningún contacto y elegimos esa respuesta precisamente para que lo crea, hemos evitado una mentira literal. Pero lo hemos engañado… ¿no les parece?

La diferencia en el matiz realmente importa.

Mentir suele consistir en afirmar algo que sabemos o creemos falso. Engañar es más amplio e intangible: podemos hacerlo mediante una verdad incompleta, una omisión, un gesto o una respuesta ambigua, por ejemplo.

También podemos callar sin por ello engañar. No todo silencio es censura ni toda reserva sospechosa. Tener intimidad significa, entre otras cosas, tener derecho a decidir qué compartimos y con quién.

La dificultad aparece cuando utilizamos esa libertad para dirigir deliberadamente a quien nos escucha hacia una conclusión equivocada. Entonces ya no basta con examinar las palabras o la información proporcionada. También debemos atender a la intención y al efecto que buscamos.

Precisamente alrededor de estas diferencias nada triviales se desarrolló una larga discusión religiosa, moral y política.

El ideal de una persona transparente

Durante buena parte de la Edad Media, el pensamiento cristiano estuvo marcado por la doctrina de san Agustín. Para él, la mentira rompía la correspondencia entre lo que una persona pensaba y lo que expresaba. Así de diáfano y sencillo.

La buena intención de la mentira no bastaba para justificarla. Mentir para evitar un problema seguía siendo mentir.

Esta condena tenía un fundamento religioso, pero también social. Si las palabras dejan de merecer confianza, ¿cómo podemos convivir? ¿Qué valor tendría una promesa? ¿Cómo podríamos celebrar un contrato, aceptar un testimonio o confiar en alguien?

El ideal era que una persona debiera reflejar fielmente en su exterior su interior. Ese mismo principio se aplicaba al gobernante: debía ser veraz, justo y digno de la confianza de sus súbditos.

Pero la realidad planteaba situaciones que hacían de ese ideal una meta complicada.

Un sacerdote, por ejemplo, tenía la obligación de guardar el secreto de confesión. ¿Qué debía hacer si una autoridad le exigía revelar lo que había escuchado? Decirlo podía traicionar un deber sagrado. Negarlo podía ser una mentira. Y guardar silencio quizá no protegiera suficientemente a la persona que había confiado en él.

Comenzó así a reconocerse algo fundamental: no tener derecho a mentir no significa estar obligado a revelarlo todo.

Cuando la verdad podía costar la vida

El problema se agravó con las persecuciones religiosas de los siglos XVI y XVII.

En determinados lugares, manifestar una creencia podía conducir a la cárcel, a la pérdida de los bienes o incluso a la muerte. Personas de distintas ideologías se vieron obligadas a elegir entre manifestarlas, callarlas o renegar de ellas para poder salvar su seguridad o su vida.

La mayoría de los conversos mantuvieron sus convicciones en privado mientras aparentaban públicamente una conformidad que no sentían.

Desde fuera, esa conducta podía juzgarse como hipocresía. Pero para quien vivía bajo tan grave amenaza, se trataba de una forma de supervivencia.

Aquí aparece una de las dimensiones más trascendentes del asunto. La ocultación puede proteger la libertad interior frente a un poder que pretende invadirla. Porque:

No siempre quien pregunta tiene derecho a conocer la respuesta.

No siempre quien exige transparencia actúa con justicia.

Sin embargo, reconocer este comprensible uso de la omisión o la mentira, abrió también la puerta a razonamientos cada vez más elaborados.

Algunos teólogos defendieron que una respuesta aparentemente falsa podía considerarse verdadera si el hablante añadía una precisión en su mente. Por ejemplo, al decir «no lo sé», podría entenderse  «no lo sé de manera que esté obligado a revelártelo».

El interlocutor no llegaba a escuchar esa segunda parte. Pero, según sus defensores, Dios sí conocía la intención completa.

La objeción resulta bastante comprensible: si hacemos creer algo que sabemos es falso, ¿cuánto cambia realmente mi situación como mentiroso por haber añadido una aclaración que solo yo conozco?

La discusión que abría esta perspectiva no fue menor, ya que este planteamiento permitía proteger a una persona frente a una pregunta injusta, pero también podía proporcionar una coartada para engañar sin admitirlo.

El gobernante que debía parecer bueno

La cuestión adquirió otra dimensión cuando pasó al terreno político.

Maquiavelo sostuvo que un gobernante no podía actuar como si todos los hombres fueran buenos. Debía conocer el mundo real, con sus intereses, rivalidades y traiciones. Si se comportaba siempre según un ideal de virtud, podía perder el poder y poner en peligro aquello que tenía la responsabilidad de conservar.

De ahí la importancia que concedió a las apariencias. El gobernante debía parecer fiable, piadoso y justo, pero estar preparado para actuar de otro modo cuando las circunstancias lo exigieran.

Muchos pensadores cristianos rechazaron este planteamiento. No querían aceptar que la utilidad política pudiera imponerse a cualquier obligación moral.

Pero tampoco podían ignorar las necesidades del gobierno. Un Estado guarda secretos, negocia con adversarios y toma decisiones cuyos efectos dependen, en parte, de que no sean conocidos antes de tiempo.

Buscaron entonces una vía intermedia: permitir ciertas formas de engaño sin abandonar formalmente la condena de la mentira.

Diego Rubio muestra que los autores españoles y portugueses participaron intensamente en esa búsqueda. Algunos denunciaban a Maquiavelo mientras admitían buena parte de los problemas que había señalado y determinadas soluciones que proponía.

La diferencia estaba muchas veces en la justificación. El engaño podía presentarse como una medida defensiva, un acto de prudencia o un sacrificio que el gobernante asumía por el bien de la comunidad.

El peligro de «hacerlo por vuestro bien»

Han pasado algunos siglos pero los planteamientos siguen manteniendo su inabordable ambigüedad. Y es que no toda información puede hacerse pública en cualquier momento.

Pensemos en una negociación delicada o en datos cuya divulgación pondría a personas en peligro. Existen razones legítimas para reservar información… Pero también existe una diferencia entre proteger un secreto necesario y ocultar un abuso.

El problema se vuelve especialmente serio cuando quien engaña es quien decide que el engaño está o no justificado.

Un gobernante puede afirmar que actúa por el bien común. Puede decir que evita una crisis, protege la estabilidad o impide un mal mayor.  Pero ¿Cómo distinguimos una necesidad real de una explicación interesada?

Cuando la conservación del poder se identifica con la conservación de la sociedad, cualquier amenaza al gobernante puede describirse como una amenaza a todos… De igual modo, cualquier maniobra para protegerlo puede presentarse como un servicio público.

El problema es que las excepciones pueden ensancharse. Lo que empezó como recurso para una emergencia puede acabar convertido en una herramienta de costumbre. Y lo que se justificaba para defender a la comunidad puede terminar protegiendo únicamente a quienes la mandan.

El poder también se sostiene sobre lo que no vemos

Otra idea especialmente sugerente es la relación entre secreto y autoridad.

Tendemos a atribuir importancia a aquello que permanece oculto. Si no conocemos las razones de una decisión, podemos imaginar que existen motivos profundos, conocimientos superiores o cálculos que no estamos en condiciones de comprender. Y a veces los hay, por supuesto… Otras veces, detrás de una apariencia solemne solo encontramos dudas, improvisaciones y oscuros conflictos de intereses.

Los pensadores de la época conocían ese efecto. Algunos aconsejaban al príncipe mantener cierta distancia y no mostrar demasiada información. El misterio podía aumentar el respeto.

La política adquiría así una dimensión teatral: una imagen pública cuidadosamente compuesta y orquestada, y unos mecanismos internos que convenía preservar de la mirada ajena.

Esta observación no obliga a pensar que toda autoridad sea falsa; en modo alguno. Pero sí invita a distinguir entre la calidad de una decisión y la puesta en escena que la acompaña.

La solemnidad no demuestra sabiduría.

La seguridad con la que alguien habla tampoco garantiza que tenga razón.

Disimular podía servir para castigar, pero también para perdonar

El engaño no se justificó únicamente para ocultar planes. También podía consistir en fingir que no se había visto una falta.

Un gobernante podía hacerlo para esperar una ocasión más favorable y castigar después. En ese caso, la aparente tolerancia era una estrategia de paciente venganza.

Pero podía hacerlo también porque perseguir todas las faltas produciría más daño que dejarlas pasar.

Esta segunda posibilidad introducía una forma de moderación. La convivencia no puede sostenerse sobre la vigilancia absoluta y el castigo de cualquier desviación. Hay errores que conviene corregir y otros cuya persecución agranda innecesariamente el conflicto.

En algunos textos, disimular se acercaba a la clemencia: no reaccionar a cada ofensa, no dejarse arrastrar por la ira y tolerar determinadas diferencias.

Eso sí: esa tolerancia no equivalía todavía a nuestra idea de libertad de conciencia. A menudo era provisional y respondía a razones prácticas. Sin embargo, podía abrir un espacio de convivencia donde antes solo parecía haber lugar para imponer y castigar.

El mismo gesto —hacer como si no se hubiera visto— podía encubrir una venganza o permitir un perdón. Por eso resulta insuficiente juzgar estas conductas únicamente por su apariencia.

La confianza pone el límite

Los propios defensores de ciertas formas de engaño reconocían un peligro: no podían emplearse indefinidamente.

Si una persona descubre que ha sido engañada una y otra vez, deja de confiar. No solo duda de las afirmaciones falsas. Acaba dudando también de las verdaderas.

Lo mismo sucede con las instituciones. Cuando la manipulación se vuelve habitual, cada explicación empieza a parecer una maniobra. Cada silencio despierta sospechas. Cada promesa necesita una garantía que antes no hacía falta.

El engaño puede proporcionar una ventaja inmediata y destruir, al mismo tiempo, las condiciones que permitirían relacionarse mañana.

Esto ayuda a comprender por qué necesitamos tanto la veracidad. No porque debamos mostrarlo todo, sino porque necesitamos saber que lo compartido no está diseñado constantemente para conducirnos al error.

Lo que esta historia me hace pensar

La investigación de Diego Rubio muestra cómo el engaño llegó a formar parte de la comprensión moderna del ser humano y del poder. También revela algo que me parece esencial: las mismas técnicas pueden proteger al débil o servir al fuerte.

Ocultar una convicción ante quien persigue puede preservar una libertad.

Ocultar una responsabilidad ante quien tiene derecho a pedir cuentas puede destruirla.

Por eso no me convence ni la exigencia de transparencia absoluta ni la idea de que todo se justifica por una buena intención.

Tenemos derecho a la intimidad. Podemos reservar pensamientos, cuidar las palabras y elegir el momento adecuado para hablar. Pero ese derecho no borra nuestras obligaciones hacia los demás.

Tal vez una sinceridad madura empiece por reconocer ambas cosas: que no estamos obligados a entregarnos por completo y que tampoco podemos convertir al otro en un objeto al que dirigir mediante apariencias.

La pregunta no es únicamente «¿he dicho algo falso?». También conviene preguntarnos: «¿qué estoy intentando que esta persona crea?», «¿tiene derecho a saber lo que oculto?» y «¿a quién protege realmente mi silencio?».

Y cuando es el poder quien pide confianza mientras oculta sus razones, hace falta una pregunta más concluyente:

¿Quién puede comprobar que lo hacen por nuestro bien?

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También puede interesarte: «Cuando la mentira se viste con piel de verdad», una reflexión sobre el pensamiento de Hannah Arendt.

 

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Categorías: SER
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