El portal se abre cuando te atreves a descifrarlo.
La última gran enseñanza de nuestra vida cierra el ciclo de la primera.
La primera fue sentirnos entrar en un mundo hostil: separados, dependientes, temerosos, hambrientos. Al salir del cuerpo de nuestra madre aprendimos que necesitábamos del otro para sobrevivir.
La segunda —que no todos alcanzan a comprender— es descubrir que solo tú puedes darte amor. Y que, al ofrecerlo, por su propia naturaleza, regresa a ti acrecentado.
Cuando no sepas qué hacer, recuerda que puedes encontrar la sabiduría en la experiencia y el amor que ofreces a los demás.
No se trata de negociar con la vida, ni de proponerse ser amoroso esperando una recompensa. Eso sería autoengaño.
Se trata de descender a lo más profundo del corazón —también a su sombra— y pulirlo hasta que su luz se haga visible. La misma luz y energía que lo sostiene, que lo mantiene latiendo.
Venimos de una matriz que nos proveía todo, y regresamos a un germen interior que también nos lo ofrece todo… si nos entregamos a él.
Ese es el camino esencial.
El portal, en tu caso, está en tus manos descifrarlo. Sobre todo, abrirte a él, sentirlo y amarlo incondicionalmente. Al menos intentarlo, una y otra vez, las veces que sean necesarias.