El VIAJE DE RIDDHI

Rendirse a lo sagrado: inteligencia, amor y energía universal

Rostro dividido de un anciano sabio y un chamán amazónico, ambos envueltos en energía dorada y estelar, simbolizando la unión de dos visiones espirituales.

Hay etapas de la vida en las que uno se da cuenta de que no puede seguir avanzando desde la misma tensión interna de siempre. La mente llega a su límite, la voluntad personal se quiebra y las certezas comienzan a desmoronarse. El cuerpo, agotado de contener tanta presión, empieza a quejarse.

En esos momentos difíciles se abre una posibilidad radicalmente distinta: la rendición. No una rendición de derrota, sino una entrega consciente a algo más grande que uno mismo.

Y ahí surge la pregunta: ¿qué significa realmente entregarse a Dios?

El maestro David R.Hawins lo explica claramente:

¿Y qué es “Dios” para un psicólogo transpersonal, un maestro advaita o un maestro chamán?
Aunque sus lenguajes difieran, todos señalan un mismo centro: Dios es la Inteligencia, el Amor profundo y la Energía universal que sostiene todo lo que existe. Y “todo” es todo: nos incluye, dentro y fuera de quienes creemos ser.

1. La visión de la psicología transpersonal

Desde esta perspectiva, rendirse es un acto de madurez interior. El ego —ese pequeño punto de referencia que intenta controlar la vida— hace lo posible por mantener un orden, una identidad, una sensación de control, una historia personal coherente, pero llega un momento en el que todo ese esfuerzo se vuelve una pesada carga, insostenible.

La rendición aparece entonces como un movimiento natural de subsistencia: soltar el control y confiar en algo más amplio que el yo. Liberarnos de toda la presión, de la frustración, del miedo, del fracaso de intentar controlar la vida.  No se trata de una rendición sumida, de obediencia ciega, sino de permitir que la inteligencia profunda que nos habita tome el timón.

Para la psicología transpersonal, Dios es esa Inteligencia universal, esa consciencia viva que nos contiene. No es un ser externo, sino el núcleo silencioso del que nacen la claridad, la calma y la sabiduría. Es la inteligencia que rige tanto el cosmos como los procesos íntimos de nuestro organismo. Entregarse a Dios es alinearse con esa fuerza y dejar que su amor protector nos guíe.

2. La mirada advaita: Dios como la realidad última

El advaita va más allá y afirma algo sorprendente: el yo que cree que tiene que entregarse… no es real en el sentido profundo.

Para esta tradición, Dios no es un concepto ni una entidad separada, sino la única realidad existente: la consciencia que sostiene cada experiencia y cada manifestación.
Esa consciencia es pura inteligencia, puro amor y pura energía; y eso es exactamente lo que somos en lo más hondo.

Es la Conciencia —la única— en la que toda la manifestación aparece.

Rendirse, desde este enfoque, no es un acto heroico ni dramático. Es reconocer que la vida ya se mueve por sí misma y que la resistencia mental es la causa del sufrimiento.

Cuando uno descansa en esa comprensión, el yo se suaviza, las tensiones se disuelven y emerge un espacio interior más amplio, más real.

Y entonces llega la gran sorpresa: nunca hemos sido quienes creemos ser, ni responsables últimos de nuestros actos. Somos vividos y experimentados por ese Dios en el que todo es y todo existe.

Rendirse a Dios, en el advaita, es reconocer esa unidad. Es permitir la disolución de la imagen mental que nos contrae como seres aislados y expandirnos en la intemporalidad del instante presente.

Es la perspectiva más radical porque no humaniza ni personaliza la figura de Dios: Dios, Eso, Lo Que Es, es lo que somos cuando nos despojamos de la idea de habitar dentro de un cuerpo con un pasado y un futuro.

3. La perspectiva chamánica: abrazar la energía viva del mundo

En el camino chamánico, la rendición es una danza con la vida. El chamán percibe el mundo como una red sagrada donde cada elemento —una piedra, un árbol, un animal, un viento, una emoción— forma parte de una misma energía universal.

Rendirse, chamánicamente, consiste en alinearse con esa energía. Es abrirse a escuchar las señales, respetar los ritmos y permitir que la propia intuición sea el puente entre el mundo interior y el mundo natural.

Para el maestro chamán, Dios es la fuerza viva que recorre todo: la energía universal que respira en el bosque, en la montaña, en el cuerpo, en las relaciones y en cada instante. Una inteligencia amorosa que se manifiesta en formas distintas pero que mantiene unido el tejido del mundo.

Entregarse es aceptar que somos parte de esa red y dejar que su movimiento nos envuelva y guíe.

Una síntesis necesaria

Aunque cada mapa tiene su propio lenguaje —psicología, no-dualidad o sabiduría indígena—, todos coinciden en algo esencial:

rendirse no es someterse, sino abrirse a la inteligencia y la energía de amor que nos contiene.

Para el transpersonal, la entrega es confiar en la inteligencia que habita en el fondo de la consciencia.

Para el advaita, es reconocer que esa inteligencia, ese amor y esa energía universal son nuestra verdadera identidad.

Para el chamán, es alinearse con la fuerza viva que sostiene el mundo y escuchar su guía.

“Dios”, desde estas tres miradas, es siempre lo mismo con distintos nombres:

la Inteligencia que ordena la existencia, el Amor que la sostiene, y la Energía universal que la habita.

Cuando dejamos de resistirnos y nos abrimos a esa presencia, a esa posibilidad de realidad más allá de nuestros pensamientos y percepciones,  la vida encuentra un cauce más limpio y poderoso dentro de nosotros.

La rendición se convierte, entonces, en el camino hacia la máxima libertad.


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