El VIAJE DE RIDDHI

Salir del victimismo: libertad al dejar de culpar

Rostro masculino flotando en agua con espuma y luz azul; metáfora de ahogo emocional y comienzo de liberación.

 

El hábito de sufrir sin darnos cuenta

Hay personas que viven muchos años creyendo que su sufrimiento viene del exterior. Durante décadas culpé a las circunstancias, a los demás, a las oportunidades que no tuve, a las injusticias que me parecieron insoportables. Me repetía, casi como un rezo inconsciente, que si la vida hubiera sido distinta, yo sería distinto.

Pero el tiempo pasó, y las circunstancias cambiaron —algunas para bien, otras para mal—, y sin embargo mi sentimiento de víctima seguía intacto, como una sombra adherida a mi manera de pensar, de sentir, de respirar incluso.

El victimismo es una forma de identidad mental que nos ata a lo que nos hirió. Es una trampa cruel porque, mientras crees estar defendiéndote de la vida, en realidad estás rechazando vivirla. Cuanto más te aferras a esa historia de injusticia o de carencia que te cuentas, más se debilita tu capacidad de crear algo nuevo y de expandir todo tu potencial.

Lo terrible del victimismo no es solo la tristeza, rabia y dolor que nos genera, sino su poder para hacernos creer que la interpretación que nos convierte en víctimas es justa y cierta. El problema de este estado es que la mente legitima el dolor que nos hace sentir, y ya no busca liberarse. En el camino que nos justifica sentirnos victimizados, perdemos la mayor parte de nuestro potencial de cambio. Nos reducimos a una versión muy limitada de lo que podríamos ser si fuésemos capaces de liberarnos de ese personaje.

Cómo se forma la identidad de la víctima

Aunque nadie elige ser víctima, casi todos hemos sentido en alguna ocasión que la vida nos trató con dureza o nos quitó algo esencial. Tal vez en la infancia no fuimos valorados, o fuimos víctimas de un abuso de nuestra ingenuidad. En esas ocasiones, cuando tratamos de afrontar mentalmente el dolor que nos genera revivir lo que ocurrió, surge la reacción inevitable: “no es justo, no debería haberme ocurrido… alguien tiene la culpa”.

Esa reacción nos salvó en su día porque la sentimos como un apoyo personal para lidiar con el dolor. Pero con el paso del tiempo, se convirtió en una prisión invisible.

El problema no es haber sufrido, sino seguir aferrados a la interpretación del sufrimiento. Y así, el adulto que somos continúa viviendo bajo el relato del niño herido que fuimos: repitiendo la misma emoción, la misma historia, el mismo lamento. Es como ese camino recorrido con miguitas de pan, que una y otra vez recorremos ciegamente sin siquiera darnos cuenta de que, como sucede en la vida, siempre hay una nueva manera de ver las cosas, nuevos caminos, nuevas interpretaciones.

En otras palabras: el victimismo es una fidelidad inconsciente al pasado. Y mientras seguimos siendo fieles a él, la vida no puede florecer plenamente.

Cuando la queja se vuelve una forma de vida

Hay un momento en que la queja deja de ser una reacción y se convierte en un modo de existencia. Vas acumulando razones para sentirte mal, y cada nueva decepción parece darte la razón.

El cuerpo se tensa, la respiración se acorta, y la energía vital —esa corriente invisible que nos impulsa hacia lo nuevo— comienza a apagarse. Lo que antes era una emoción pasajera se transforma en un paisaje permanente del alma.

El victimismo, sostenido durante años, erosiona la dignidad interior. Y cuando la dignidad se debilita, aparecen pensamientos oscuros: la sensación de no servir, de no tener lugar, de ser una carga o un error.

He conocido personas que llegaron a pensar que la vida no tenía ya sentido. No porque quisieran morir, sino porque habían dejado de creer que podían vivir de otra manera.

El punto de inflexión: cuando el alma se cansa

Sin embargo, incluso en los momentos más oscuros, hay algo en nosotros que no se rinde del todo. Una chispa, a veces imperceptible, que observa y espera. Y cuando el cansancio se vuelve insoportable, esa chispa despierta.

Llega un día en que ya no puedes seguir culpando. No porque hayas comprendido intelectualmente algo nuevo, sino porque has agotado el último rincón donde esconderte. Te das cuenta de que la historia de víctima no te protege: te encierra. Y entonces aparece una pregunta que lo cambia todo:

“¿Y si soy yo quien sigue repitiendo el dolor?”

Esa pregunta abre una grieta en la coraza. Por primera vez, en lugar de mirar hacia fuera, comienzas a mirar hacia dentro. Y lo que ves no es agradable: miedo, resentimiento, orgullo herido, autocompasión. Pero también ves algo más: un poder que nunca desapareció, aunque lo hubieras olvidado.

Recuperar el poder personal

El primer paso para salir del victimismo no es hacer algo, sino reconocer que, aunque no elegiste lo que te ocurrió, sí puedes elegir qué haces con ello ahora.

Ese reconocimiento es el principio de la libertad. No llega de golpe, sino como un murmullo que empieza a deshacer las viejas certezas. Y cada vez que eliges no culpar sino observar, algo se reorganiza dentro de ti.

El poder personal no consiste en imponerte al mundo, sino en dejar de renunciar a ti. Cuando dejas de esperar que alguien venga a salvarte, comienzas a salvarte tú mismo. Y lo haces de la forma más silenciosa y humilde posible: cuidando tu mente, tu cuerpo, tu palabra.

El verdadero poder no es gritar “ya no soy víctima”, sino actuar desde una nueva comprensión:

“Soy responsable de mi vida, y puedo transformarla”.

El proceso de soltar

Salir del victimismo es un proceso delicado. No se trata de negar el pasado ni de reprimir el dolor, sino de permitir que se exprese de otra manera. Cada vez que una parte de ti vuelve a culpar, en lugar de luchar con ella, obsérvala. Escucha lo que quiere decir. Casi siempre encontrarás allí un sentimiento de miedo, de carencia o de necesidad de amor.

Al abrazar eso con conciencia, la energía del pasado empieza a disolverse. No porque hagas un esfuerzo, sino porque la luz de la atención transforma lo que toca. David R. Hawkins lo expresó magistralmente: “Lo que aceptas se disuelve”.

Y es cierto: cuando dejas de resistirte a lo que sientes, el sufrimiento pierde fuerza. Comienzas a experimentar una paz que no depende de que las cosas sean distintas, sino de que tú ya no te enfrentas a ellas desde la herida.

El perdón y la reconciliación interior

El último paso del camino es el perdón. Pero no un perdón forzado o piadoso, sino un perdón lúcido, nacido de la comprensión.

Te das cuenta de que no había enemigos, solo personas dormidas en su propio dolor. Y entre esas personas estás tú también.

Entonces algo se ablanda. Ya no hay tanta necesidad de tener razón, ni de demostrar nada. Simplemente aparece una ternura silenciosa hacia ti mismo y hacia los demás.

El perdón te libera del pasado porque te reconcilia con él. Y en esa reconciliación, el victimismo se disuelve como una sombra ante la luz.

Volver a ser el creador

Cuando recuperas tu poder, no te conviertes en un héroe, sino en un ser humano completo. Ya no necesitas que la vida sea perfecta para sentir gratitud. Ya no buscas amor porque reconoces que lo eres.

El creador que hay en ti despierta. Y empieza a construir desde dentro: desde la presencia, desde la responsabilidad, desde la libertad interior.

Comprendes poco a poco que todo lo que viviste, incluso lo más doloroso, fue parte del aprendizaje que hoy te permite ser más consciente. Que nada fue en vano. Que nada fue perdido.

No eres víctima de tu historia, sino el espacio donde esa historia puede transformarse. Mientras respires, siempre hay un camino de regreso a ti.

 


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Categorías: SER

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