Dicen los sabios que los seres humanos dejamos de evolucionar a partir de los trece años. Que en el fondo emocional nos quedamos ahí, en la post-infancia. Tal vez por eso seguimos siendo, en lo profundo, niños que buscan un lugar, una mirada que los reconozca, un sentido de pertenencia. Un angustiante sentir «aquí estoy yo: mírenme».
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