Hay un momento en el trabajo interior en el que uno se da cuenta de algo incómodo:
Cuanto más intenta arreglar su vida con la mente, más se enreda en ella.
Pensamientos intentando corregir pensamientos.
Estrategias personales intentando dominar las infinitas variables que afectan la vida.
Voluntad intentando controlar lo incontrolable.
Algo en ese esfuerzo empieza a desgastarse.
Antonio Blay señala algo profundamente simple y, a la vez, radical:
>La vida no se resuelve luchando contra ella, sino comprendiéndola.
Y para comprenderla hace falta algo más que la mente que intenta dominarla.
Cuando esto se ve con claridad, algo se afloja.
La rendición, en este contexto, no es pasividad ni abandono.
Es dejar de interferir desde la tensión del “yo que quiere forzar” y abrirse a la inteligencia silenciosa que sostiene la vida.
Hay una paradoja hermosa en este proceso:
>Solo cuando uno se implica plenamente —en observar, en ver, en estar presente— descubre que no había nada que forzar.
Entonces la mente aparece como lo que es:
una combinación de datos, recuerdos e interpretaciones.
Un instrumento maravilloso… pero un guía limitado cuando pretende dirigirlo todo.
En esa comprensión comienza una forma distinta de libertad.
He compartido un fragmento del curso donde Blay desarrolla esta idea con mayor profundidad:
👉 https://youtu.be/UpMylPJotjY?si=VlfCGTabNxa6jrQR
Si lo ves, me interesará saber qué parte te ha resonado más
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