Ante una situación tan grave como la vivida en Ceuta, hay cuatro actores esenciales que deberían posicionarse y actuar en consecuencia.
1.- El presidente del Gobierno
El presidente del Gobierno ha condenado el ataque a la integridad territorial de España y ha agradecido a Marruecos su colaboración en las repatriaciones.
Cabe suponer que dispone de información que la ciudadanía desconoce, aunque resulta comprensible que muchos españoles contemplen con inquietud y desconfianza lo sucedido.
2.- Los representantes políticos
Hasta ahora, más que una respuesta común a la altura de las circunstancias, hemos asistido a declaraciones separadas y condicionadas por las respectivas estrategias partidistas.
En una cuestión que afecta a la soberanía y a la seguridad nacional, sería deseable una posición firme, coordinada y alejada del beneficio electoral.
3.- Su Majestad el Rey
El tercer actor es Su Majestad el Rey, jefe del Estado y símbolo de la unidad y permanencia de España.
La Constitución le atribuye también el mando supremo de las Fuerzas Armadas —Ejército de Tierra, Armada y Ejército del Aire y del Espacio—, aunque su función en este ámbito es esencialmente constitucional y representativa, pues la dirección de la política de defensa corresponde al Gobierno.
Hasta ahora no conocemos públicamente su valoración. Algunos interpretarán su silencio como prudencia institucional; otros tendrán una opinión diferente. En cualquier caso, no debe atribuírsele ninguna intención que desconocemos. (Al momento de escribir estas líneas, algunos medios de difusión han reproducido fragmentos de un comunicado del Rey difundido por la Casa Real, aunque el texto íntegro todavía no aparece publicado en su página web oficial.)
4.- El pueblo español
El cuarto actor es el pueblo español, en quien, según la Constitución, reside la soberanía nacional.
Quizá sea precisamente ahora cuando resulte más importante demostrar nuestra capacidad de unidad, firmeza democrática y solidaridad con Ceuta y con quienes protegen nuestras fronteras.
Europa, Estados Unidos, Marruecos y el resto del mundo observan. Pero, sobre todo, debemos observarnos nosotros mismos y preguntarnos qué respuesta queremos ofrecer como sociedad ante una situación de esta gravedad.
No desde el odio ni desde la confrontación, sino desde la serenidad, la dignidad y la defensa inequívoca de nuestra soberanía.
Una humanidad que no puede mirar en una sola dirección
Conviene añadir una consideración esencial: la humanidad no puede mirar únicamente en una dirección. Quienes entraron son personas —muchas de ellas jóvenes, posiblemente engañadas, desesperadas o jaleadas hacia la frontera— y merecen un trato digno.
Pero también merecen ser vistos los ceutíes: españoles de cualquier origen, incluidos numerosos ciudadanos de origen marroquí plenamente integrados en la ciudad, que han vivido horas de miedo, inseguridad, cierres y destrozos.
Defender la dignidad de unos no exige ignorar el sufrimiento de los otros.
Las nuevas formas de conflicto
También conviene recordar una última verdad incómoda: quienes provocan o utilizan estas crisis suelen hacerlo a cientos de kilómetros, cómodamente instalados y lejos del miedo, el desorden y la inseguridad física que padecen quienes están sobre el terreno: la población, las fuerzas de seguridad y las propias personas jaleadas hacia la frontera.
Las guerras del siglo XXI ya no se libran únicamente con armas. También se desarrollan mediante la desinformación, la propaganda, la presión migratoria y la utilización calculada de la vulnerabilidad humana.
Lo ocurrido en Ceuta puede interpretarse como un tanteo de carácter híbrido: una nueva forma de medir la capacidad de respuesta de España y de la Unión Europea, poner de manifiesto sus debilidades y alimentar internacionalmente el cuestionamiento de la soberanía española sobre Ceuta, ciudad española y parte integral del territorio nacional.
No sabemos todavía hasta qué punto existió una decisión directa de la cúpula marroquí y no debemos afirmarlo sin pruebas.
Pero sí sabemos que la magnitud de lo sucedido ha dejado al descubierto vulnerabilidades que ni España ni Europa pueden permitirse ignorar si desean conservar su peso y su capacidad de decisión en la nueva realidad geopolítica que se está configurando.


