Según qué ambiente, la palabra “ego” suele utilizarse casi como un insulto. Se habla de él como si fuera el enemigo interior que hay que destruir, silenciar o trascender. Pero quizá el problema no sea el ego en sí, sino nuestra manera de considerarlo.
El ego (la idea que tenemos de nosotros mismos) busca amor, reconocimiento, seguridad y validación porque ignora algo esencial: ya lleva dentro aquello que persigue fuera. No lo sabe porque no lo recuerda. Por eso se aferra, se defiende, se compara o intenta controlar. Es la tragicomedia de nuestra existencia, a la que tanto nos animan las distintas sociedades.
La imagen que acompaña este texto expresa una idea profundamente humana: “El ego es la parte de ti que aún no recuerda que es amada.” Y quizá ahí exista una clave importante para comprender muchos de nuestros conflictos internos.
Detrás de gran parte de nuestras reacciones, miedos, apegos o necesidades de aprobación suele haber una sensación de separación. El ego vive sintiéndose solo. Cree que debe conquistar el amor, merecerlo o protegerlo, como si siempre pudiera perderlo.
Por eso muchas personas intentan llenar ese vacío a través de relaciones, éxito, reconocimiento social, posesiones o incluso espiritualidad. No porque estén equivocadas, sino porque la idea que tiene de sí, aún no ha descubierto el descanso que habita dentro de sí misma.
El ego busca fuera lo que ya tiene dentro.
Busca amor porque no se sabe amor. Busca valor porque no reconoce su propia dignidad. Busca seguridad porque ha olvidado que hay un fondo más profundo que no depende de las circunstancias.
Sin embargo, el alma —o la conciencia más profunda— parece formular otra pregunta:
¿Cómo amar cuando uno se siente separado del amor?
Quizá esa sea una de las preguntas esenciales de la vida humana. Es tan trascendente como tragicómica. Por eso El viaje de Riddhi señala que nuestra existencia es un viaje del Amor hacia el Amor.
Muchas veces creemos que debemos luchar contra nosotros mismos para cambiar, que no somos merecedores. Combatimos lo que consideramos nuestras inseguridades, nuestros defectos o nuestras contradicciones. Pero cuanto más guerra interna generamos, más se endurece aquello que intentamos transformar. Cuanto más busco amor, más me alejo del amor que yace en mí, para sentirlo y ser dado.
Tal vez el camino no consista en destruir el ego, sino en comprenderlo e integrarlo en ese amor que somos, cada uno en su esencia.
Comprender que incluso nuestras máscaras más mezquinas y horrendas nacieron alguna vez para protegernos. Que muchas actitudes defensivas surgieron del miedo a no ser suficientes, a no ser vistos, queridos o aceptados. Y que detrás de ciertas conductas contradictorias, si no dañinas, sigue existiendo una necesidad profunda de amor y reconocimiento.
Cuando una persona empieza a mirarse con honestidad valiente, no exenta de compasión, ocurre algo importante: comienza a dejar de identificarse completamente con su personaje. Ya no necesita sostener con tanta fuerza la idea de sí que creía ser.
Entonces comienza a aparecer en su consciencia un mayor espacio interior. Más ligero, más profundo, más amplio.
Y en ese espacio, poco a poco, algo se relaja.
El ego puede descansar cuando descubre que no necesita demostrar constantemente su valor. Cuando comprende que no tiene que ganar batallas permanentes para merecer existir. Cuando empieza a sentirse visto y pleno tal cual es.
Por eso algunos caminos de conciencia hablan tanto de aceptación, presencia o autoobservación. No como una forma pasiva de resignación (menos aún de autoanálisis), sino como una manera de iluminar en la luz de nuestra consciencia aquello que normalmente rechazamos de nosotros mismos.
Solo aquello que puede ser mirado con conciencia puede transformarse en verdad.
A veces creemos que despertar consiste en convertirnos en alguien perfecto, «bueno», sereno o iluminado. Pero quizá despertar tenga más relación con reconciliarnos con las partes heridas de nosotros mismos. Con ser, quizás por primera vez desde nuestra más tierna infancia, íntegros, completos, plenos.
Deja de sostener identidades rígidas.
Descubre que, detrás de tanto ruido mental, ya existe algo intacto.
Entonces podrás, podremos, redescubrir otra forma de vivir.
Más sencilla.
Más verdadera.
Más humana.
Quizá no se trate de convertirnos en alguien distinto, sino de recordar lo que ya somos y renacer un poco más en el amor hacia el Amor.
Lecturas relacionadas con El Viaje de Riddhi
- El miedo crece con miedo y se diluye en amor – Riddhi
- Tus pensamientos te engañan – Riddhi
- La muerte no es el fin de nuestro ser – Riddhi
- Solo existe el presente – Riddhi
- La sabiduría reside en el corazón – Riddhi
- El círculo del corazón
