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El VIAJE DE RIDDHI

LAS FORMAS

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Hay momentos en la vida de una nación en los que lo que sucede en sus esferas de poder termina afectando de forma nada desdeñable a sus ciudadanos. Los valores esenciales de una sociedad no quedan en el camino cuando abandonamos el ámbito personal y entramos en el político. Al contrario: adquieren una dimensión colectiva que los potencia.

Hace unos días, un amigo me recordaba algo aparentemente sencillo: en democracia, las formas son muy importantes.

La frase merece ser abordada en sus infinitas aristas, y más en estos tiempos convulsos.

Las formas, en democracia, no son únicamente educación, moderación en el lenguaje o respeto entre adversarios; que no es poco hoy en día, dada su creciente ausencia. Son algo mucho más profundo: son los límites que hemos construido para impedir que quien ejerce el poder, sea quien sea, termine confundiéndolo con la posesión del Estado, de la sociedad o incluso de la verdad de los hechos.

La Constitución española establece que España es un Estado social y democrático de Derecho.

Establece entre sus valores superiores la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

Establece también que la soberanía reside en el pueblo español, que los poderes públicos están sometidos a la Constitución y al ordenamiento jurídico, que las Cortes controlan la acción del Gobierno y que los jueces y magistrados son independientes y están sometidos únicamente al imperio de la ley.

Todo eso forma parte también de las formas: los límites pactados democráticamente para proteger el propio sistema.

Precisamente porque el poder político es legítimo cuando procede de las urnas, resulta fundamental recordar algo que puede parecer paradójico: ganar unas elecciones concede el derecho a gobernar, pero no convierte a quien gobierna en propietario de la democracia.

Y otra verdad de Perogrullo, aunque a veces parezca olvidarse: la democracia pertenece a todos. A quienes votaron al Gobierno y a quienes votaron contra él. A quienes se manifiestan y a quienes permanecen en casa. A quienes piensan de una manera y a quienes sostienen exactamente la contraria. El pluralismo político no es una anomalía que haya que corregir: forma parte esencial de los fundamentos constitucionales de nuestro sistema.

Por eso resulta especialmente preocupante una tendencia que no se registra únicamente en España: convertir la realidad política en una elección permanente entre «nosotros» y «ellos».

Cuando desaparecen los matices, el adversario empieza a transformarse en enemigo. Cuando esto sucede, dejamos de preguntarnos si el otro puede tener alguna razón y comenzamos a preguntarnos en qué lado se halla.

Y entonces aparece uno de los instrumentos políticos más antiguos, poderosos y peligrosos: el miedo en aras de germinar odio.

Miedo al que piensa diferente. Miedo a lo que ocurrirá si gobiernan los otros. Miedo a perder derechos, identidad, seguridad, bienestar o libertad, por mucha o poca que sea nuestra particular zona de confort. Cada grupo puede recrear sus propios fantasmas y presentarlos ante sus seguidores como una amenaza existencial.

El problema comienza cuando ese miedo sustituye al razonamiento y aviva la parte más visceral del comportamiento humano.

La historia debería habernos enseñado algo: las sociedades no siempre pierden su libertad de repente. También pueden deteriorar su convivencia gradualmente, acostumbrándose a la confrontación, justificando excesos porque los cometen «los nuestros» y aceptando en quienes comparten nuestras ideas aquello que jamás aceptaríamos en quienes están enfrente. La polarización —esa palabra tan aséptica y fría— acaba describiendo algo profundamente humano: el temor al otro convertido en confrontación.

Quizá en este punto resida una de las pruebas más difíciles para cualquier demócrata: defender las reglas aun cuando nos perjudiquen y exigir también su cumplimiento a aquellos líderes con quienes simpatizamos.

Las instituciones democráticas fueron creadas precisamente para sobrevivir a nuestras preferencias personales. Son, al fin y al cabo, organizaciones con un ideario respetable, pero se corrompen y se vacían cuando sus ideas no se ven refrendadas por valores y hechos coherentes con los principios que proclaman.

Los gobiernos cambian. Los partidos aparecen, crecen y desaparecen. Los dirigentes pasan. Las generaciones terminamos pasando y convirtiendo nuestro tiempo en polvo del pasado para las siguientes.

Las instituciones, sin embargo, permanecen. Por eso importa tanto cómo las tratamos mientras temporalmente están en nuestras manos. Es el legado a nuestros descendientes.

No creo que la solución a una sociedad polarizada sea añadir más miedo al miedo, más ira a la ira o más trincheras a las que ya existen. Tampoco creo que necesitemos vivir las consecuencias más nefastas del odio y la confrontación para volver a recuperar los valores singulares que tenemos, como toda nación.

Quizá, más allá de presupuestos, elecciones y debates institucionales, necesitemos recuperar algo mucho más elemental: el respeto a las formas.

  • Aceptar que alguien puede pensar exactamente lo contrario que nosotros sin convertirse por ello en nuestro enemigo.
  • Exigir transparencia y límites al poder independientemente de quién gobierne.
  • Respetar la independencia de las instituciones, desde los dirigentes hasta la propia sociedad.
  • Defender la libertad de expresión también cuando lo expresado nos incomoda.
  • Y recordar que ningún partido, ningún dirigente y ninguna ideología puede apropiarse de la representación moral de toda una sociedad. No solo porque sea injusto, que lo es, sino porque esa apropiación es imposible de mantener sin el justo rechazo de la sociedad.

La Constitución comienza situando la soberanía nacional en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.

Tal vez convenga detenerse un instante en la verdad esencial que señala esa frase:

El poder no pertenece a quienes gobiernan. Les ha sido prestado.

Una democracia vuelve a demostrar verdaderamente su fortaleza cuando quienes reciben temporalmente ese poder recuerdan que existen límites infranqueables y una ciudadanía a la que han de representar aunque jamás les haya votado.

Eso, en definitiva, también son las formas.

¿Por qué son tan importantes, entonces, las formas en democracia?

Porque nos permiten, en la medida de lo posible, convivir, emprender y sentirnos libres, dejando que los demás vivan de igual modo: con sus ideas, sus metas y la certeza de una libertad compartida.

Tal vez las formas no sean un adorno de la democracia. Tal vez sean precisamente uno de los pilares para protegerla.

 

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Categorías: SER
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