
Donde pones tu atención, pones tu energía.
Cuando no sepas qué hacer,
quédate un momento en ese no saber.
No busques la respuesta.
Lleva la atención al cuerpo…. (más…)
Publico este fragmento tras un tiempo de silencio. Esta carta marca el cierre de El viaje de Riddhi y también un punto de recogimiento. Vuelve hoy como recordatorio de lo que permanece cuando el ruido se aquieta y la experiencia habla por sí misma.
El texto es la carta final del libro El viaje de Riddhi. En ella, Riddhi se despide de su discípulo y condensa, desde la experiencia vivida, el sentido último del camino recorrido: la honestidad interior, la integración del miedo y el reconocimiento del Amor como naturaleza esencial de la vida. Se comparte aquí como un regalo para el lector y como epílogo de la obra…. (más…)
En estas fechas en las que el ruido suele intensificarse, la Navidad puede ser también un recordatorio sencillo y profundo: detenernos, aflojar la tensión y volver a lo esencial. No hacerlo a través de grandes propósitos ni de nuevas metas, sino mediante un gesto más íntimo y honesto: dejar de luchar con lo que es…. (más…)
Entre las muchas herramientas de autoconocimiento que han llegado a Occidente, pocas han tenido el impacto profundo y práctico del Eneagrama de la personalidad. Para algunos es un modelo psicológico; para otros, un mapa espiritual. Claudio Naranjo lo llevó más lejos: lo convirtió en un camino de transformación interior que une psicología, espiritualidad y conciencia.
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Hay personas que viven muchos años creyendo que su sufrimiento viene del exterior. Durante décadas culpé a las circunstancias, a los demás, a las oportunidades que no tuve, a las injusticias que me parecieron insoportables. Me repetía, casi como un rezo inconsciente, que si la vida hubiera sido distinta, yo sería distinto.
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Hay etapas de la vida en las que uno se da cuenta de que no puede seguir avanzando desde la misma tensión interna de siempre. La mente llega a su límite, la voluntad personal se quiebra y las certezas comienzan a desmoronarse. El cuerpo, agotado de contener tanta presión, empieza a quejarse.
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Hay una palabra que parece sencilla pero encierra una de las llaves más poderosas del desarrollo humano: valor. No el valor entendido como audacia temeraria o heroísmo ocasional, sino en el sentido profundo que le dio el psicólogo vienés Alfred Adler, fundador de la psicología individual.
Para Adler, el valor (Mut, en alemán) es la disposición interior a participar plenamente en la vida, con todo lo que ello implica: riesgo, incertidumbre, error, y también cooperación, vínculo y crecimiento. Detrás de muchos de nuestros bloqueos, decía, no hay falta de capacidad, sino falta de valor. No nos atrevemos a actuar, a amar, a implicarnos, a mostrar lo que somos. Y entonces la vida se nos encoge, o mejor dicho quizás, nos encogemos ante la vida.
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Dicen los sabios que los seres humanos dejamos de evolucionar a partir de los trece años. Que en el fondo emocional nos quedamos ahí, en la post-infancia. Tal vez por eso seguimos siendo, en lo profundo, niños que buscan un lugar, una mirada que los reconozca, un sentido de pertenencia. Un angustiante sentir «aquí estoy yo: mírenme».
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Hay momentos en que la vida parece cerrarse, como si una corriente invisible nos forzara a detenernos.
Proyectos que se estancan, relaciones que se enfrían, caminos que ya no avanzan, tristeza, soledad, vacío… Y, sin embargo, seguimos aferrados a un supuesto proceso que mantenemos con nosotros mismos. Queremos controlar el siguiente paso negociando con la vida.
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